En 1925, Bilbao vivió una transformación fundamental que consolidó su crecimiento como gran ciudad industrial del norte peninsular: la anexión de los municipios de Deusto y Begoña. Este proceso, que cumple ahora un siglo, no solo modificó las fronteras administrativas, sino que redefinió el mapa urbano, social y político de la villa.
Desde finales del siglo XIX, Bilbao experimentaba un desarrollo acelerado gracias a la industrialización, el auge del puerto, la minería y la llegada de capital extranjero. La ciudad necesitaba espacio para expandirse y responder al incremento de población, a la construcción de infraestructuras y al desarrollo de nuevos barrios obreros y burgueses. En este contexto, los municipios colindantes se convirtieron en objetivos naturales de anexión.

Begoña, situado al noreste, era un municipio con historia. Su territorio incluía amplias zonas rurales, caseríos dispersos y un núcleo central en torno a la Basílica de Begoña, centro espiritual de Bizkaia. Desde allí se divisaba toda la villa, y la subida al templo formaba parte del imaginario colectivo bilbaíno. Aunque Begoña tenía un carácter más agrícola y tradicional, la presión urbana era cada vez mayor: barrios como Santutxu, Txurdinaga y Bolueta empezaban a poblarse con rapidez. La integración en Bilbao se veía, por parte de algunos sectores, como inevitable, aunque no todos los vecinos la aceptaban de buen grado.
Deusto, al otro lado de la ría, tenía un perfil distinto. Más industrializado y con una notable vida propia, su puerto, sus astilleros y la instalación de la Universidad de Deusto (fundada en 1886) lo convertían en un enclave estratégico. El puente de Deusto, aún sin terminar en 1925, simbolizaba esa conexión en construcción entre el municipio y el centro de Bilbao. En este caso también hubo resistencia: parte de la población temía perder autonomía y que sus intereses quedaran subordinados a los de la capital.
El proceso de anexión fue promovido por las élites bilbaínas, apoyado por sectores industriales y políticos que veían en la unificación un paso necesario para modernizar la ciudad. El Ayuntamiento de Bilbao lo justificó como una medida de racionalización administrativa y de mejora de servicios públicos. Se aseguraba que los barrios incorporados tendrían acceso a mejores infraestructuras, transporte, alcantarillado, electricidad y escuelas.
La anexión se formalizó oficialmente el 1 de enero de 1925, aunque las gestiones venían de años atrás. Con ello, Bilbao pasó de tener poco más de 8 km² a más de 30 km², y su población creció significativamente. Fue el primer gran salto de ampliación urbana del siglo XX, que luego se completaría con otras anexiones, como las de Erandio o Basauri en ciertos puntos, aunque de manera parcial o temporal.
Cien años después, los barrios de Deusto y Begoña forman parte integral del tejido bilbaíno. Deusto mantiene su carácter activo y universitario, con una intensa vida vecinal y cultural. Begoña, por su parte, conserva el peso simbólico de la basílica y un fuerte sentido de identidad, especialmente en zonas como Santutxu, uno de los barrios más densamente poblados de Europa.
La anexión de 1925 nos recuerda que las ciudades no son entes fijos, sino organismos vivos que se adaptan, crecen y se transforman. Y también que estos procesos, a menudo impulsados por razones económicas o administrativas, tienen consecuencias profundas en la vida cotidiana, en la memoria colectiva y en la identidad de sus habitantes.
