Hay preguntas que la historia oficial prefiere no formular. ¿Qué hay detrás de una aparición mariana? ¿Quién decide que algo es un milagro, y por qué en ese momento y no en otro? ¿Cuánto de fe y cuánto de política cabe en un portento? Javier Bustamante, periodista bilbaino, no solo se ha atrevido a plantearlas: ha construido con ellas una novela de algo más de doscientas páginas que se lee como si fuera un thriller y hace pensar como si fuera un ensayo. Porque lo que en ella leemos es ficción, pero podría ser realidad.

«La Oficina de Apariciones» narra la historia de Giovanni, un modesto secretario de la Curia romana que en 1480 es reclutado para una misión tan delicada que carece de nombre oficial. Junto a él, una monja de carácter irónico, un artesano especialista en poleas y efectos de luz, y un enigmático escribano llamado Silvano conforman lo que el propio Vaticano denomina, en sus registros internos, «La Oficina». Su trabajo: gestionar las apariciones. Fabricarlas cuando conviene, silenciarlas cuando no, y archivarlas siempre bajo el lacre de lo que nunca se dijo.

La Roma de los della Rovere

El punto de partida es la Roma de Sixto IV -el papa que encargó la Capilla Sixtina y financió las obras vaticanas a golpe de monopolios y diezmos-, y la historia arranca con una escena memorable: un pastor que descubre en una cueva una imagen de la Virgen que parece brillar en la oscuridad. Lo que el pastor no sabe -pero el lector descubrirá enseguida- es que la imagen es una simple talla de madera de peral que el humo de una hoguera y un juego de reflejos han convertido en prodigio. Nadie ha planeado nada. Pero alguien, muy pronto, decidirá que ese accidente puede ser útil.

El telón de fondo histórico es de primera magnitud: el cardenal Giuliano della Rovere, sobrino del Papa y figura central de la novela, es el mismo hombre que décadas después ocuparía el trono de Pedro con el nombre de Julio II, el papa guerrero que encargó a Miguel Ángel los frescos de la Sixtina. Bustamante lo retrata aquí en sus años de ambición ascendente, frío y calculador, capaz de convertir cualquier accidente -incluidas las visiones de su propia hija- en un instrumento de poder.

Porque Lucía della Rovere, una de las hijas de Giuliano (está documentado que tuvo al menos tres hijas, aunque Lucía no es ninguna de ellas, sino una cuarta propuesta por Bustamante) es el personaje más complejo y conmovedor de la novela. La joven experimenta alucinaciones que todos a su alrededor interpretan como señales sobrenaturales, sin que nadie adivine que esas visiones tienen una causa perfectamente material: el ungüento con el que su cuidadora trata sus dolencias contiene beleño negro, una planta con propiedades alucinógenas que la mujer aplica con generosa destreza. Lucía ve luces y presencias pero ni ella ni nadie sabe cuál es el origen.

El humor como bisturí

Uno de los rasgos más llamativos de «La Oficina de Apariciones» es que, siendo una novela sobre engaños institucionales y poder religioso, resulta a menudo muy divertida. Bustamante tiene un oído excelente para el diálogo, y sus personajes secundarios -desde el párroco rural que convierte el relato del pastor en un expediente de beatificación a golpe de latín administrativo, hasta el burro Clemente, que «caminaba con esa resignación de los animales que ya han entendido el mundo mejor que sus dueños»- funcionan como una galería de tipos humanos que cualquier lector reconocerá, aunque lleven ropas del siglo XV.

El humor no suaviza la crítica; la afila. Cuando el cura de aldea le dice al pastor que «un milagro dudoso es un gasto litúrgico que el obispado no puede asumir», el absurdo de la frase revela algo verdadero sobre la burocracia de lo sagrado que un análisis serio difícilmente conseguiría con la misma eficacia.

Por qué merece la pena leerla

Bustamante escribe con una prosa que combina la densidad descriptiva del mejor relato histórico con una agilidad narrativa que impide que el libro se duerma. Sabe cuándo acelerar y cuándo detenerse. Sabe que la ironía necesita espacio para respirar. Y sabe algo más raro: que las grandes preguntas no necesitan respuesta si están bien formuladas.

«La Oficina de Apariciones» es una de esas novelas que generan conversación. No porque sean cómodas, sino porque se quedan dentro mucho después de cerrar la última página.

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