
Cuando en agosto de 1978 se lanzó el primer txupinazo de la Aste Nagusia, Bilbao no solo estrenaba unas nuevas fiestas: estrenaba una nueva forma de entender el espacio público. En plena Transición, con la ciudad sacudiéndose décadas de franquismo, nacía un modelo festivo que rompía con las celebraciones jerárquicas y rígidas del pasado. Era el inicio de una fiesta concebida desde la calle, por y para la ciudadanía, con participación directa, espíritu crítico y un fuerte componente simbólico.
Lo que pocos recuerdan es que el germen de aquella transformación surgió en un contexto inesperado: un concurso de ideas organizado por El Corte Inglés. El certamen, destinado a renovar las fiestas de la villa, fue ganado por una propuesta firmada bajo el seudónimo Txomin Barullo, tras el que se escondía un colectivo vinculado al partido EMK (Euskadiko Mugimendu Komunista). Su planteamiento era radicalmente distinto a lo habitual: una semana de celebraciones descentralizadas, participativas, gestionadas por agrupaciones populares -las comparsas- y con una fuerte carga cultural, social y política.

La idea, lejos de quedar como anécdota, fue recogida con entusiasmo por el Ayuntamiento de Bilbao, entonces presidido por una corporación dispuesta a experimentar con fórmulas nuevas en plena efervescencia democrática. Así, en colaboración con colectivos vecinales y militantes de izquierda, se gestó la primera edición de lo que pronto se conocería como la Semana Grande o Aste Nagusia.
Desde el principio, la fiesta se estructuró en torno a dos pilares: las comparsas y la participación. Las comparsas -agrupaciones de barrio, culturales, feministas, juveniles o políticas- no eran meros animadores: eran organizadores activos, responsables de casetas, actos festivos, conciertos, concursos, pasacalles y espacios de debate. Con ellas nació una nueva forma de entender la cultura popular: no como espectáculo para el consumo, sino como experiencia compartida, crítica, política y comunitaria.
En paralelo, surgió un símbolo que acabaría definiendo la identidad de la fiesta: Marijaia, una figura con los brazos en alto, sonrisa permanente y aspecto desinhibido, creada por la artista bilbaína Mari Puri Herrero. Marijaia se convirtió en el alma de la Aste Nagusia: representa la alegría, la resistencia, la irreverencia y el espíritu colectivo. Su quema al finalizar la semana marca el cierre ritual de las fiestas, cargado de simbolismo: la fiesta se extingue, pero deja su semilla para el año siguiente.

Desde una perspectiva sociológica, la Aste Nagusia fue, y sigue siendo, un fenómeno singular. Nació en el contexto de una ciudad obrera, industrial y políticamente activa, y supo canalizar el deseo de reapropiación del espacio público tras años de represión y orden impuesto. En palabras de muchos de sus protagonistas, la Semana Grande fue “la primera conquista de la calle” en la Bilbao posfranquista.
No tardaron en llegar los conflictos. Las comparsas, al tener ideologías diversas —desde independentistas hasta comunistas, feministas o anarquistas—, no se limitaron al folclore: convirtieron sus txosnas en espacios de denuncia, crítica social, reivindicación lingüística y memoria histórica. Esta dimensión ha chocado a menudo con el intento institucional de moderar el tono festivo, especialmente a partir de los años 90, cuando el terrorismo, la presión mediática y la evolución del modelo urbano llevaron a tensiones crecientes entre Ayuntamiento y comparsas.
La fiesta también ha evolucionado en términos económicos y turísticos. Con el paso del tiempo, la Aste Nagusia ha ganado peso institucional, patrocinadores, afluencia y presencia internacional. Ha sido reconocida como Fiesta de Interés Turístico Nacional, lo que ha traído beneficios y también críticas: para algunos sectores, el evento ha perdido frescura y se ha mercantilizado; para otros, es una muestra de equilibrio entre tradición y modernización.
La edición de este año se celebrará del 17 al 25 de agosto de 2025, y vuelve con todo su despliegue habitual de conciertos, teatro, fuegos artificiales y vida nocturna en las txosnas del Arenal. Pero también se mantiene el pulso crítico que define el espíritu original de la fiesta. Un grupo de comparsas ha anunciado que no venderá productos de Coca-Cola, en protesta por el apoyo de la multinacional al genocidio en Gaza. No es un gesto aislado: es una muestra más de que la Aste Nagusia sigue siendo un espacio político, aunque festivo, donde se mezclan el baile, la sátira y la denuncia.
Más de 45 años después de aquella primera edición, la Aste Nagusia sigue siendo una de las fiestas más singulares del Estado. No es solo una semana de conciertos y multitudes: es un espejo de la ciudad, de sus luchas, sus contradicciones y su forma de celebrar. Una fiesta nacida de una idea política, encarnada en una figura de cartón, y sostenida por miles de bilbaínos y bilbaínas que, cada agosto, reclaman su derecho a la alegría.
