En ética se aplica el nombre “Eudaimonismo” a aquellas teorías que consideran la felicidad como el bien máximo que puede llegar a alcanzar el ser humano.

La palabra griega “Eudaimonia” (de Eu, que en griego significa bueno, y daimon, que significa espíritu o demonio) significa realmente un estado de encontrarse con la influencia protectora, inspirados por un espíritu benigno, bondadoso, un buen genio o un buen demonio, y felicidad no es en absoluto la traducción adecuada de esa palabra.

De hecho, la felicidad se considera un estado mental, emoción o sentimiento que resulta o que acompaña a alguna de nuestras acciones.

A la pregunta “¿Qué es Eudaimonia?” Aristóteles contestó que es aquella conducta que está de acuerdo con la virtud, es decir, toda la conducta y contemplación virtuosas. Y lo que nos muestra es que, para él, Eudaimonia no es un estado mental secundario o acompañante a ciertas actividades, sino un nombre para estas actividades mismas. “¿Qué es Eudaimonia?” es la misma pregunta que “¿Cuáles son las mejores actividades, acciones o conductas de las que una persona es capaz?”.

Es lo mismo que quieren explicar los deportistas cuando dicen a los periodistas que los entrevistan antes de la competición “salimos a darlo todo”.

Decir que el bien supremo para una persona es “Eudaimonia”, equivalente a “felicidad”, es una tontería y no una respuesta a una pregunta ética.

Es lo que le ocurrió a Donald Trump después del atentado sufrido en julio de 2024, del que salió ileso gracias a la intervención de un “Eudaimon” (palabras dichas por el mismo Donald, suponemos que con la ayuda de sus expertos colaboradores de campaña electoral).

Decir que una persona es feliz es utilizar una de las palabras más escurridizas de la lengua española. Entraremos así en la consideración de los placeres en general, del Hedonismo como tal en particular y esto nos llevaría a un terreno muchísimo más escurridizo aún.

Así pues, decir que actuamos bajo la influencia de un buen demonio, de un buen genio, que estamos siendo felices en ese momento dado puede ser correcto. Otra cosa es lo que lleguen a interpretar nuestros interlocutores. Puede que alguno considere que estamos bajo los efectos de las drogas o mal de la cabeza, que estamos pirados, o algún otro equivalente semántico, como “locos perdidos”. Sin embargo, puede ser que ocurra todo lo contrario y que actuando así frecuentemente nos sintamos más felices “que un bando de perdices”.

Fernando Marquinez Bascones
Doctor Psiquiatra. Psicoterapeuta

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